En el verano de 2018, un equipo de futbolistas belgas llegó a las semifinales de un Mundial con un talento colectivo que pocos países podían replicar. Kevin De Bruyne en su apogeo. Eden Hazard antes de las lesiones. Thibaut Courtois en su mejor forma. Una defensa estructurada alrededor de Vincent Kompany. Un equipo construido para ganar, que sin embargo fue detenido por una Francia más completa, más fresca, más hambriente.

Ocho años después, Bélgica vuelve a presentarse como un candidato. El catálogo de talentos es diferente. De Bruyne sigue siendo central, pero ahora a los 35 años. Hazard ya no está. Courtois llegó a Qatar como titular y ahora mira desde la banca. Lo que Bélgica ofrece en 2026 es una última oportunidad para redimirse con una generación que ganó todo en el fútbol de clubes pero que nunca conquistó un trofeo mundial con su país.

Enfrente estará Egipto, un equipo que llega al Mundial 2026 con Mohamed Salah como su razón de ser. El extremo de Liverpool, después de años siendo ignorado en los momentos más trascendentes del fútbol africano, finalmente tiene una plataforma donde sus goles pueden significar algo más que puntos en la Premier League. Egipto no es favorito en este grupo, pero Salah transforma automáticamente cualquier equipo en peligroso.

Bélgica: el acto final de una generación que no sabe retirarse

La pregunta sobre Bélgica en 2026 no es si pueden ganar el Mundial. Es si pueden transformar el talento individual — que sigue siendo formidable — en coherencia de equipo. En sus últimas apariciones en campeonatos, el equipo ha mostrado dificultades defensivas que contrastan con la solidez que los caracterizó hace una década.

En 2022 contra Marruecos, Bélgica fue expuesta en su propia mitad. Ante Croacia en la fase de grupos de Qatar, dejó espacios que un rival inferior al que enfrentaban hace ocho años simplemente no habría aprovechado. La edad ha llegado al mediocampo. Axel Witsel, ahora con 36 años, sigue siendo el corazón defensivo, pero su velocidad para interceptar ya no es la que era. Toby Alderweireld se retiró. Vincent Kompany continúa en la defensa, pero a los 40 años su autoridad debe ser más cerebral que física.

De Bruyne sigue siendo un genio. Cuando el balón está en sus pies, Bélgica se vuelve peligrosa. Puede desgastar defensas, puede desplegar equipos con pases que apenas parecen posibles, puede decidir partidos en momentos donde otros equipos colapsan. Pero De Bruyne solo no gana Mundiales. Necesita que el sistema funcione. Necesita que su equipo entienda cuándo atacar y cuándo repliegarse. Necesita equilibrio.

Ese equilibrio es cada vez más difícil de encontrar. Bélgica ha evolucionado hacia un equipo reactivo, especialmente en partidos de importancia. Reacciona bien cuando puede presionar alto. Se tambalea cuando debe defender en bloque.

Egipto: la esperanza de un continente a través de un hombre

Mohamed Salah lleva años siendo ignorado en los momentos que importan. Fue descartado para la Copa de Naciones Africana 2021 cuando Egipto lo necesitaba. Fue relegado a un papel menor durante el torneo preolímpico. Cada vez que Egipto juega en un escenario mundial, Salah brilla en el club y se apaga en la selección, como si el uniforme rojo absorbiera la electricidad que lo caracteriza en Anfield.

En 2026, Salah tiene 34 años. Es probable que sea su último Mundial. Esto es importante no solo para él, sino para todo Egipto. El país lleva más de 30 años sin avanzar más allá de la fase de grupos en un Mundial. Nigeria lo hizo en 1998 y 2010. Camerún lo hizo en 1990. Senegal lo hizo en 2002 y 2018. Egipto, con toda su historia, con todos sus grandes futbolistas, permanece atrapado en un ciclo donde la fase de grupos es el techo.

Salah es la llave para romper ese ciclo. No porque sus goles resuelvan matemáticamente los partidos — aunque ayuden — sino porque su presencia transforma la confianza del equipo. Cuando Salah está en la cancha, Egipto juega diferente. Cree que puede competir contra cualquiera. Sin Salah, el equipo revierte a patrones defensivos, a esperanza de un resultado favorable en transiciones.

El Grupo G, con Bélgica, Irán y Nueva Zelanda, no es imposible para Egipto. Pero tampoco es seguro. La única forma en que Egipto avanza es si Salah brinda dos o tres actuaciones decisivas, y si el equipo logra solidez defensiva en momentos clave. Una defensa desorganizada contra De Bruyne es una receta para el desastre.

El duelo clave: el mediocampo, donde se decide si Bélgica es nostalgia o amenaza

De Bruyne vs Mohamed Elneny será más simbólico que definitivo, pero visible. El inglés — no, el belga — De Bruyne representa la clase europea en su forma más pura. Elneny representa la voluntad africana de no ser una mera compañía de turismo en el Mundial.

El verdadero duelo ocurre entre la capacidad de Bélgica de mantener la posesión en la mitad de cancha — con De Bruyne, Tielemans y Witsel — contra la capacidad de Egipto de presionar alto y generar transiciones rápidas. Si Bélgica impone ritmo, gana. Si Egipto logra interrumpir ese ritmo y generar espacios en la salida hacia adelante, Salah tendrá oportunidades.

Predicción: ¿puede Bélgica sortear sin drama el primer examen?

Esta es la pregunta que define al equipo en 2026. Bélgica no debe ganar este grupo siendo la mejor. Debe ganarlo siendo sólido, pragmático, eficiente. Debe entender que Egipto, aunque tiene a Salah, sigue siendo un equipo con vulnerabilidades defensivas.

La narrativa favorece a Bélgica. El talento favorece a Bélgica. La historia reciente — donde Bélgica ha jugado contra rivales africanos sin mayores complicaciones — favorece a Bélgica.

Pero los Mundiales no se juegan en la teoría. Se juegan en momentos donde un equipo cansado comete errores, donde una defensa envejece late en momentos críticos, donde un genio como Salah encuentra el espacio que nadie le dejó y cambia el resultado. Bélgica debería ganar este partido. La pregunta es cómo, cuánta tensión acumula, y si esos 90 minutos dejan cicatrices para lo que viene después.