Hay cosas en el fútbol que los números no pueden explicar. El coeficiente de Elo no te dice nada sobre lo que siente un abuelo venezolano de 70 años viendo a la Vinotinto jugar su primer partido en un Mundial. No hay xG que capture eso.
Venezuela va a un Mundial. Por primera vez en su historia.
Y si no entiendes por qué eso es lo más grande que le ha pasado a este deporte en años, es porque nunca has esperado 100 años para que tu selección exista en el mapa del fútbol mundial.
Cien años de casi
Venezuela existe como federación de fútbol desde 1926. Cien años de clasificatorias, de ilusiones en octubre y de pesadillas en noviembre, de perder contra Chile, contra Ecuador, contra Bolivia — contra todos. Venezuela era el equipo que le regalaba puntos al vecino. La selección que aparecía en la tabla para recordarle a los demás que ellos sí podían.
Y luego algo cambió.
No de golpe. Fue lento, como todas las revoluciones que duran. Primero llegaron los jugadores que se formaron en academias europeas — hijos de la diáspora venezolana que crecieron pateando balones en España, en Italia, en Portugal. Después llegó un entrenador que les hizo creer que podían. Y después llegaron los resultados.
Primero fue un empate que nadie esperaba. Luego fue una victoria que pareció un error. Luego vinieron tres victorias seguidas y de repente Venezuela estaba entre los cuatro primeros de la tabla sudamericana y nadie sabía bien qué hacer con esa información.
El momento en que el país explotó
Recuerdo exactamente dónde estaba cuando sonó el pitido final del partido que les dio la clasificación. Recuerdo el grito — no el mío, sino el colectivo, el que vino de todas las ventanas del barrio al mismo tiempo, como si el edificio entero hubiera decidido gritar al unísono.
Mi madre, que nunca ha entendido el offside, estaba llorando.
Eso es lo que hace el fútbol. Eso es lo que solo el fútbol puede hacer.
Venezuela no clasificó porque fue el mejor equipo de Sudamérica. Clasificó porque luchó, porque creyó, porque una generación entera de venezolanos que vive fuera de su país decidió que iban a darle a Venezuela lo único que el fútbol puede dar que ningún político puede quitar: un orgullo que no depende de nadie.
Salomón Rondón y el símbolo que lo vivió todo
Hay que hablar de Salomón Rondón. No como delantero, sino como símbolo.
Rondón lleva más de una década siendo el capitán de una selección que no tenía futuro. Ha jugado clasificatorias perdidas, partidos donde el resultado estaba decidido antes de empezar, momentos donde el fútbol venezolano parecía un chiste. Ha seguido jugando, ha seguido metiendo goles, ha seguido levantando el brazo en el vestuario cuando todos querían irse a casa.
Si Venezuela llega al Mundial 2026, Salomón Rondón estará en ese autobús. Y cuando bajen al campo del estadio por primera vez, cuando suene el himno venezolano en una Copa del Mundo, habrá que mirarle la cara.
Porque esa cara va a contar una historia que ningún artículo puede contar completa.
Lo que viene para la Vinotinto
No vengo a decirte que Venezuela va a ganar el Mundial. No soy de ese tipo de hincha. Venezuela va a un Mundial por primera vez y el objetivo es estar a la altura. Competir. No regalar nada. Que el mundo vea que la Vinotinto no va de turista.
Si pasan de grupos, será el milagro más grande en la historia del fútbol venezolano. Si no pasan, habrán cumplido con lo único que importa: llegar.
Porque llegar, para Venezuela, ya es ganar el Mundial.
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