Si hay una hinchada en este planeta que entiende el fútbol como religión de vida o muerte, esa es la serbia.

No lo digo por decir. Lo digo porque los he visto. He visto las barras de Belgrado llenar los estadios con banderolas del tamaño de un edificio y cantar durante 90 minutos sin parar, llueva o truene, ganen o pierdan. Esa gente no entiende de fútbol light. Para Serbia, el fútbol es una extensión de lo que son.

Y ahora tienen el equipo para demostrarlo al mundo.

El talento que nunca se tradujo en resultados

El problema histórico de Serbia — y antes de Yugoslavia — es que siempre tuvo más talento del que supo aprovechar. Jugadores que brillaban en clubes europeos y aparecían apagados en la selección. Clasificaciones conseguidas con sufrimiento innecesario y torneos grandes abandonados demasiado pronto.

Qatar 2022 fue el último ejemplo. Serbia se fue en fase de grupos con jugadores que podían haberle ganado a cualquier selección del mundo individualmente. Pero un equipo no es once individuos — es once jugadores que sufren y se alegran juntos, que corren por el compañero, que defienden como si el arco fuera suyo.

Eso faltó. Eso dolió. Y esa herida está sin cerrar.

Vlahović: el ariete que cambia el partido

Pero hay algo diferente en este ciclo, y se llama Dušan Vlahović.

El delantero centro más completo de su generación en Europa. Un jugador que no necesita muchas oportunidades para decidir partidos. Fuerte en el aire, letal con las dos piernas, con ese instinto del gol que no se enseña — se nace con él o no se nace.

Cuando Vlahović toca el balón cerca del área, algo en los defensas se paraliza. Saben lo que viene. Lo han visto en la Serie A, en la Champions, en los partidos de clasificación. Y en un Mundial con el mundo mirando, ese miedo que genera es el arma más poderosa que puede llevar Serbia.

No está solo. Lazar Samardžić en el mediocampo, con esa elegancia de cirujano para mover el balón en espacios imposibles. Una defensa sólida que lleva tres años construyéndose con paciencia. Un equipo que, por primera vez en mucho tiempo, parece más equipo que colección de estrellas.

La pasión que no entiende de goles

Hay algo que quiero que el mundo entienda sobre la hinchada serbia: no importa si van ganando o perdiendo, la intensidad es la misma. De hecho, si van perdiendo, gritan más fuerte. Como si la adversidad les diera energía en lugar de quitársela.

Ese espíritu balcánico — esa mezcla de orgullo, rabia y amor que no tiene traducción en ningún idioma — es la gasolina que mueve a esta selección. Los jugadores lo sienten. Los entrenadores rivales lo temen. Los árbitros sudan un poco más.

Serbia llegó a los Mundiales de 2018 y 2022 y se fue sin pena ni gloria. El mundo los ignoró. Los subestimó. Y ese olvido, esa palmadita en la cabeza de “chicos, gracias por venir”, es el mayor error que pudieron cometer los demás.

El Mundial que Serbia necesita

El 2026 es la cita que esta generación lleva años esperando. Con Vlahović en la cima de su carrera. Con un colectivo que por fin funciona. Con una hinchada que va a viajar a Norteamérica a gritar como si estuvieran en el Marakana.

Nadie los mete entre favoritos. Nadie los pone en la conversación de los que pueden ganar.

Perfecto. Así funciona mejor.


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