¿Saben lo que es ver un Mundial por televisión y pensar que tu selección tendría que estar ahí? ¿Pasar cuatro, ocho, doce años mirando desde afuera mientras otros países viven lo que tú solo puedes soñar?
Los paraguayos lo sabemos. Lo hemos vivido demasiado tiempo.
Por eso cuando la Albirroja selló su clasificación al Mundial 2026, en Asunción la gente salió a la calle. No porque ganáramos un título. No porque fuéramos campeones de nada. Sino porque volvíamos a existir en el mapa del fútbol mundial. Y eso, para nosotros, vale más de lo que cualquier extraño puede imaginar.
El peso de la ausencia
La última vez que Paraguay estuvo en un Mundial fue Sudáfrica 2010. Para quienes no lo recuerden: cuartos de final. Eliminados por España — la mejor España de la historia, la que ganó el torneo — en un partido que todavía duele porque nos robaron un penalti.
Sí, lo digo sin vergüenza. Ese penalti era nuestro.
Pero incluso con ese amargo final, aquella generación de Óscar Cardozo, Edgar Benítez, Roque Santa Cruz y Justo Villar nos dio algo que atesoramos: la certeza de que Paraguay puede competir con los mejores del mundo. De que nuestra forma de jugar — intensa, física, apasionada, con corazón guaraní — puede plantarle cara a cualquiera.
Después vinieron los años de silencio. Eliminaciones en las clasificatorias. Proyectos que no cuajaron. Una generación de transición que no encontró el camino. Doce años sin estar en un Mundial es una eternidad cuando el fútbol es tu religión.
Esta generación tiene algo diferente
No venimos a hacer bulto. Eso lo dejamos claro desde las clasificatorias.
El Paraguay que llega al Mundial 2026 tiene hambre acumulada. Tiene jugadores que crecieron con el fantasma de esa ausencia, que desde chicos escucharon la historia de 2010 y juraron que algún día ellos también estarían en ese escenario. Ese tipo de motivación no se fabrica en ninguna academia de fútbol. Esa motivación nace del dolor y de los años de espera.
Y lo más importante: este equipo juega bien. No es solo garra y corazón, aunque eso también está. Es un equipo que sabe lo que hace con la pelota, que presiona bien, que tiene ideas claras. Un equipo que se ganó el derecho de estar en el Mundial de la manera más difícil que existe: ganándolo en el campo, en la clasificatoria más exigente del mundo, la CONMEBOL.
Lo que viene
El sorteo nos puso en un grupo complicado. En el fútbol siempre es así para los que vuelven: te toca la prueba de fuego desde el principio. Pero ningún hincha paraguayo se quejó. Al contrario.
Queremos los partidos difíciles. Queremos demostrar que la Albirroja no es un invitado accidental en este torneo. Queremos que cuando suene el himno nacional paraguayo antes del primer partido, el mundo recuerde por qué este país le encanta tanto al fútbol.
En Asunción ya se están vendiendo las entradas para ver los partidos en pantallas gigantes. En cada barrio hay alguien que está buscando dónde conseguir la camiseta. Las familias ya están planeando cómo van a ver los partidos juntas, como hace doce años.
Eso es la Albirroja. Eso es Paraguay. Un país pequeño con un corazón enorme.
Y en el Mundial 2026, ese corazón va a latir bien fuerte.
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