Hay una imagen que no se me va de la cabeza. Es Achraf Hakimi corriendo hacia la esquina del estadio en Qatar, con la bandera marroquí en la mano y los ojos brillando, después de eliminar a España en penales. Y detrás de él, miles de hinchas que habían viajado desde Casablanca, desde Rabat, desde Madrid, desde Amsterdam, desde cualquier rincón del mundo donde haya un marroquí que ame el fútbol.

No lloraban. Rugían.

Y el León del Atlas ha estado rugiendo desde entonces.

Lo que Qatar le enseñó al mundo

Antes de Qatar 2022, Marruecos era “una selección africana interesante”. Esa condescendencia que el fútbol europeo reparte con tanta naturalidad: “llegarán lejos para ser africanos”. Lo que nadie esperaba era que fueran a dejar tirados en el camino a Bélgica, a España y a Portugal.

Portugal. Con Cristiano Ronaldo sentado en el banquillo viendo como sus herederos se quedaban sin Mundial.

Y luego Francia en las semis. El único equipo que pudo parar a Marruecos fue el que acabó en la final. Eso no es casualidad. Eso es calidad. Eso es un equipo que defendía como una fortaleza, contraatacaba como un rayo y tenía en el arco a Yassine Bounou parando todo lo que le tiraban.

Llegamos cuartos en Qatar. Con lo que teníamos en ese momento, fue una hazaña histórica. El primer equipo africano en llegar a las semifinales de un Mundial. La emoción fue tan grande que cuando Francia nos eliminó, hasta los neutrales lloraron con nosotros.

Este grupo no ha olvidado

Han pasado cuatro años. Cuatro años en los que Hakimi ha seguido siendo uno de los mejores laterales del mundo en el PSG. En los que En-Nesyri ha marcado gol tras gol. En los que Amrabat ha demostrado en la Premier que no fue un accidente de Qatar. En los que Regragui ha seguido construyendo su sistema, perfeccionando esa mezcla de solidez defensiva y velocidad en transición que hace sufrir a cualquier rival.

Esta selección es la misma, pero cuatro años más vieja. Cuatro años más sabia. Cuatro años más hambrienta.

Y el hambre, en el fútbol, es lo más peligroso que existe.

Hakimi lleva esto en el alma

Quiero hablar un momento de Achraf Hakimi, porque creo que no lo entendemos del todo desde fuera. Este chico nació en Madrid, creció en La Fábrica del Real Madrid, jugó en la Bundesliga, en Italia, en Francia. Podría haber elegido jugar con España. Eligió Marruecos.

No por obligación. Por amor.

Cuando Hakimi corre por la banda derecha con esa velocidad que parece mentira, cuando llega al área y centra con la precisión de un bisturí, está jugando por algo más que tres puntos. Está jugando por su familia. Por su pueblo. Por todos los marroquíes que llevan décadas viendo el fútbol desde lejos sin que nadie los tomara en serio.

Eso genera una energía diferente. Una motivación que no se puede entrenar y no se puede comprar.

África merece un campeón del mundo

Lo voy a decir sin rodeos: África no ha ganado nunca un Mundial. El continente que le ha dado al fútbol a Pelé, a Didier Drogba, a Samuel Eto’o, a Yaya Touré, a Roger Milla, nunca ha llegado a una final de Copa del Mundo. Marruecos en Qatar fue la señal de que ese muro puede romperse.

¿Que son favoritos en el 2026? No. Que Francia, Brasil, Argentina, Alemania e Inglaterra tienen plantillas más profundas, eso es un hecho. Pero el fútbol no lo ganan las plantillas. Lo ganan los equipos.

Y Marruecos es un equipo.

En las gradas, en las calles, en el mundo

Cuando Marruecos juega, no son solo los marroquíes los que se paran. Son los tunecinos, los argelinos, los senegaleses, los egipcios. Es toda África que respira con cada partido. Es la diáspora árabe en Europa que se levanta del sofá cuando suena el himno.

Las gradas donde juegue Marruecos en el 2026 van a estar llenas de kaftanes y djellabas y banderas con la estrella verde sobre el rojo. Va a ser la marea más bonita del torneo.

Y cuando el árbitro pite el inicio del primer partido, el León del Atlas va a rugir de nuevo.

Esta vez, queremos llegar más lejos. Esta vez, la historia la escribimos nosotros.


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