Cuatro millones de personas. Es lo que tiene Croacia. Cuatro millones de personas, una costa adriática que quita el aliento y un hombre llamado Luka Modric que convirtió a un país pequeño en un gigante del fútbol mundial.
Y ahora ese hombre tiene 40 años y este es su último Mundial.
Que alguien me explique cómo se supone que nos tomemos eso con calma.
Lo que este hombre significó
Para entender lo que Modric es para Croacia, hay que entender lo que es Croacia. Un país que nació prácticamente ayer — la independencia fue en 1991, en medio de una guerra que dejó cicatrices que todavía duelen. Un país sin el presupuesto de España, sin la infraestructura de Alemania, sin la cantera del Brasil. Un país que produce futbolistas como si el agua del grifo viniera con talento disuelta.
Y de todos esos futbolistas, el más grande fue este niño delgado del Dinamo Zagreb que un día llegó al Real Madrid y le enseñó al mundo cómo se juega en el centro del campo.
Modric no tiene el físico de un atleta de élite. No tiene la velocidad de Mbappé ni la potencia de Vinícius. Lo que tiene es lo que no se puede enseñar: la inteligencia del juego. Ese sexto sentido para saber dónde está el espacio antes de que exista. Para llegar al balón una décima de segundo antes que nadie. Para cambiar el ritmo de un partido con un simple giro de cadera.
Y con eso, le ganó el Balón de Oro a Messi y Ronaldo en 2018. Con eso llevó a Croacia a la final de un Mundial.
Rusia 2018: la noche que el mundo lloró con nosotros
Fue en el partido contra Francia. Final de Rusia 2018. Perdimos 4-2 y el marcador no reflejó lo igualada que estuvo la primera hora de partido. Hubo un gol en propia puerta, un penalti polémico, la magia de Mbappé. El fútbol también es injusto.
Pero lo que no olvidamos es lo que vimos después: a Modric llorando en el campo con la medalla de plata al cuello. Y no lloraba de tristeza, o no solo. Lloraba de orgullo. De la conciencia de haber sacado a un país de cuatro millones de personas hasta la puta final del Mundial.
Eso no lo hace nadie. Eso no lo puede repetir nadie.
Excepto que en Qatar 2022, casi lo repitieron. Terceros. Otra vez. Un equipo pequeño con un corazón enorme.
Kovacic, Gvardiol y los que vienen
Modric no estará solo en el campo en 2026. La generación que él encabezó ha dejado herederos que empiezan a brillar con luz propia.
Mateo Kovacic ha madurado hasta convertirse en uno de los mejores centrocampistas de la Premier League. Josko Gvardiol, el central del Manchester City, tiene 22 años y ya es uno de los defensas más completos del mundo. Ante Budimir sabe marcar. Ivan Perisic… bueno, Perisic siempre aparece cuando hay que aparecer.
Esta selección no depende únicamente de Modric para funcionar. Pero Modric sigue siendo el pulso del equipo. El que lo acelera cuando hay que acelerar y lo frena cuando hay que pensar. A sus 40 años, sigue siendo el más inteligente del campo.
El problema es que 40 años son 40 años. Y habrá partidos en los que las piernas no acompañen tanto como la cabeza. Eso también es parte del drama.
El peso de saber que es el último
He hablado con croatas que viven en España. En Madrid, en Valencia, en Barcelona. Gente que lleva años aquí pero que el día que juega Croacia se pone la camiseta a cuadros — esa camiseta roja y blanca que parece sacada de un tablero de ajedrez — y se olvida de todo lo demás.
Me dijeron todos lo mismo: este Mundial se siente diferente.
No porque sean favoritos — no lo son. No porque vayan a ganar la copa — nadie lo sabe. Sino porque saben que cuando termine, se acaba una era. Que cuando Modric cuelgue las botas internacionales, una parte de Croacia colgará algo con él.
Eso lo cambia todo. Cada partido se vive como si fuera el último. Porque para Luka, lo es.
Lo que le pedimos al fútbol
No le pedimos que ganen el Mundial. Le pedimos una cosa: que Modric tenga su momento. Que en algún partido de este torneo, en algún instante, el viejo maestro recoja un balón en el centro del campo, levante la cabeza, vea el espacio que nadie más ve, y lance un pase que deje al mundo sin palabras.
Un último pase magistral. Un último gol en un torneo mundial. Una última vez que el mundo recuerde por qué este hombre fue el mejor.
Y si además Croacia llega lejos, si los cuadros rojos y blancos vuelven a aparecer en la última semana del torneo cuando las grandes selecciones ya van cayendo… entonces que el fútbol se prepare.
Porque Croacia no viene a participar. Croacia viene a despedirse ganando.
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