Hay cosas que solo entiende quien las vivió.
Estar sentado en el bar viendo el sorteo de los grupos del Mundial. Ver llegar a Brasil, a Argentina, a Colombia, a Uruguay — selecciones sudamericanas moviéndose por el bombo como si fueran a otro paseo — mientras Chile miraba desde afuera. Una vez. Dos veces. Ocho años sin Mundial.
Ese dolor no se explica. Se porta.
La copa que no alcanzó para clasificar
Chile ganó dos Copas Américas seguidas en 2015 y 2016. Con Alexis Sánchez en estado de gracia. Con Vidal masticando rivales. Con Medel poniéndose el equipo al hombro. Esa generación fue la mejor que vio el fútbol chileno en décadas, y sin embargo — sin embargo — no pudo clasificarse a los Mundiales siguientes.
Eso es Chile. Esa es la cruel poética de nuestro fútbol. Capaz de ganar la Copa América y quedarse fuera de Rusia. Capaz de humillar a cualquiera en un torneo corto y fallar en la maratón de las Eliminatorias.
2018: afuera. 2022: afuera. Dos Mundiales viendo por televisión lo que otros vivían en el césped.
Y en cada uno de esos partidos que no jugamos, algo se apagaba. Algo pequeño, pero importante. La ilusión de que éramos grandes.
El regreso que lo cambia todo
Pero 2026 es diferente. 2026 es nuestro.
La Roja se ganó su lugar a fuerza de garra, de una generación nueva que creció viendo los fracasos y juró que no iba a repetirlos. Marcelino Núñez moviéndose en el centro del campo con una madurez que no debería tener a su edad. Alexander Aravena corriendo como si cada metro fuera el último. Ben Brereton Díaz — ese chileno de corazón que nació en Stoke pero eligió la estrella en el pecho — demostrando que el fútbol también se hereda por amor y no solo por sangre.
Y Alexis. Siempre Alexis. El hombre que parece que no puede terminar, que sigue apareciendo cuando la gente ya lo daba por muerto. Si hay un jugador que merece cerrar su historia en un Mundial, ese es Alexis Sánchez. Y Chile le debe ese escenario.
Lo que significa estar de vuelta
Cuando salió el bombo y Chile apareció en los grupos, en mi casa sonaron gritos que despertaron al vecino. Mi abuelo, que tiene 74 años y vio los Mundiales de Chile del 62 y los posteriores, me llamó llorando. “Volvemos, hijo.”
Volvemos.
No venimos a hacer bulto. Venimos con hambre de ocho años. Con la rabia acumulada de ver los Mundiales ajenos. Con una generación que no sabe lo que es llegar lejos porque nunca tuvo la oportunidad de intentarlo.
El Mundial 2026 con sede en América del Norte es nuestro escenario. Los viajes son cortos. Las aficiones sudamericanas van a invadir los estadios. Y La Roja va a tener una hinchada que la va a empujar como si fuera el Estadio Nacional en día de Copa.
No sé hasta dónde llegamos. Nadie lo sabe. Pero sé que esta vez, Chile va a dejar todo en la cancha. Cada gramo, cada kilómetro, cada gota.
Porque ocho años de espera no se olvidan. Se convierten en combustible.
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