Ser hincha de Bélgica es el trabajo más frustrante del fútbol mundial. Y lo digo con amor, con orgullo, y con una copa de cerveza belga en la mano que necesito para aguantar la tensión.

Durante diez años, hemos tenido sobre el papel el mejor equipo del mundo. Y en papel, seguimos esperando.

El catálogo de frustraciones

2018, Rusia. Llegamos a semifinales con un equipo de ensueño — De Bruyne en plenitud, Lukaku convirtiendo en cada partido, Hazard desbordando a medio mundo. Y entonces Francia nos paró. Con organización, con garra, con ese pragmatismo galo que te hace querer romper algo.

Semifinales. Otra vez semifinales. El maldito techo de cristal que nadie en Bélgica sabe cómo romper.

Y antes de eso: Brasil en octavos de 2014. Y antes: eliminaciones que prefiero no recordar porque me sube la tensión arterial. Esta generación ha sido la más talentosa de la historia de los Diablos Rojos. Y ese título sigue siendo la maldición más grande que puede cargar una selección.

De Bruyne es el mejor mediocampista del mundo. Punto.

Voy a decirlo porque hay que decirlo: Kevin De Bruyne es el mejor mediocampista del planeta. Tiene el pase largo más preciso del fútbol moderno. Tiene visión de juego que parece trampa. Tiene una calidad de disparo que hace pedir perdón a los porteros.

Y en este Mundial 2026 llega con el sabor amargo de una carrera sin gran título internacional. Porque los títulos de club son gloriosos — y los de De Bruyne con City son legendarios — pero no llenan ese hueco que deja no ganar con tu país. Eso lo saben todos los grandes que se retiraron sin Copa del Mundo.

De Bruyne lo sabe. Y esa hambre, a los 34 años, con los minutos contados, puede ser la versión más motivada que hayamos visto jamás.

Lukaku: el gigante que necesita una redención

Romelu Lukaku y Bélgica tienen una historia complicada. Goles a montones, críticas injustas a montones también. Este hombre ha cargado durante años con las expectativas de todo un país, y a veces la hinchada no ha sido justa con él.

Pero Lukaku siempre volvió. Siempre respondió. Cada vez que lo dieron por acabado, apareció para demostrar lo contrario.

En el Mundial 2026, con la madurez de haber vivido todo lo que vivió, Lukaku puede ser el nueve que marque la diferencia. El que convierta esas ocasiones que en 2018 no entraron. El que cierre de una vez por todas la cuenta pendiente con el universo del fútbol.

Si lo hace, Bélgica tiene título. Si falla, será la última escena de la telenovela más dolorosa del fútbol europeo.

El peso de “podría haber sido”

Lo más duro de ser hincha belga no es perder. Es saber que con este plantel, con esta calidad, teníamos —y tenemos— todo para ganar. Esa certeza hace cada eliminación doblemente amarga.

Otros países pierden y dicen “volvemos en cuatro años, construimos algo nuevo”. Nosotros no tenemos ese lujo. Esta ventana ya casi se cerró. Algunos de estos jugadores no estarán en 2030. Esta es la última función de la generación dorada.

Y eso, paradójicamente, me da más esperanza que nunca. Porque cuando un grupo de jugadores de ese nivel sabe que es su última oportunidad, cuando De Bruyne entra al vestuario y todos entienden que esto es ahora o nunca… ese equipo tiene algo que ningún análisis táctico puede cuantificar.

Tiene desesperación con calidad. Y eso es lo más peligroso que existe en el fútbol.

Vamos, Diablos Rojos. Esta vez no hay mañana.


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