Hay una frase que todo el mundo repite cuando se habla de Croacia en los Mundiales: “Siempre sorprenden. Siempre llegan más lejos de lo que nadie esperaba.”

Final en 2018. Tercer puesto en 2022. Un país de cuatro millones de habitantes que durante dos torneos consecutivos humilló a selecciones con presupuestos diez veces mayores. La narrativa es poderosa. El problema es que las narrativas no juegan los partidos.

Mi take: Croacia cae en octavos de final del Mundial 2026. No porque les falte corazón. No porque Dalić sea mal entrenador. Sino porque el motor que impulsó esas hazañas tiene 40 años, y los motores de 40 años no rinden igual que los de 32.

Modric a los 40: el cerebro sigue, el cuerpo cobra

Luka Modric es el mejor mediocampista que ha visto Europa en los últimos veinte años. Eso no está en discusión. Pero a los 40 años, en su propio club ya opera en un rol reducido — menos kilómetros, menos presión, posiciones más estáticas.

El Modric que llevó a Croacia a la final de Rusia 2018 cubría 12 kilómetros por partido, ganaba duelos en las tres zonas del campo y era capaz de decidir partidos él solo. Ese Modric tenía 32 años. El Modric de 2026 es inteligentísimo, lúcido, brillante en los pases entre líneas. Pero en un Mundial que se disputa en el calor del verano norteamericano, con partidos cada 3-4 días, el cuerpo de un cuarentón pasa una factura que ninguna inteligencia puede pagar.

Lo que hace grande a Croacia —controlar el mediocampo, dictar el tempo, desgastar pacientemente al rival— requiere que Modric sea el Modric de siempre. Y ese Modric ya no existe.

La transición generacional que no llegó a tiempo

Dalić ha gestionado la transición de manera inteligente: integrando a Luka Sučić, Lovro Majer y Martin Baturina alrededor de los veteranos. Son jugadores con talento real.

Pero talento y madurez mundialista son cosas muy distintas.

Sučić puede ser un excelente mediocampista en el futuro. Majer tiene calidad técnica. Baturina llega desde una liga media con buenas estadísticas. Ninguno de ellos ha demostrado que puede cargar con la responsabilidad de ser el cerebro de un equipo en la fase final de un Mundial. Modric lo hizo porque llevaba diez años en el Real Madrid antes de su primera final mundialista. Sus potenciales sucesores llegan a 2026 sin esa experiencia acumulada.

Hay además un problema de gol. Kramaric tiene 35 años. Petar Sucic y los delanteros de recambio no generan la misma confianza. Sin un 9 que marque cuando importa, Croacia puede controlar el balón durante 60 minutos y perder 1-0.

El mito del “siempre sobresalen”

El argumento en contra de mi take es predecible: “Es que Croacia siempre supera las expectativas. Ese es su superpoder.”

Permíteme destruir esa idea con un dato: ese superpoder tiene nombre y apellido, y se llama Luka Modric. No fue un sistema misterioso ni una cultura futbolística mágica la que llevó a Croacia a la final de 2018. Fue un hombre de 1,74 metros que en su momento de máximo apogeo se comía los mediocampios rivales.

Sin ese hombre al 100%, Croacia es un equipo bien organizado con un mediocampo sólido. Eso llega a octavos en un torneo de 48 equipos sin mayor problema. Luego se encuentra con una potencia europea o sudamericana, y el “siempre superan las expectativas” se topa con la realidad de jugar sin el jugador que hacía esa magia posible.

El contraargumento — y lo que le falta

“Gvardiol es uno de los mejores centrales del mundo. La defensa aguanta.”

Correcto. Joško Gvardiol es excepcional. Pero los Mundiales no se ganan con defensas exceptionales — se ganan con equipos completos. Argentina en 2022 fue campeona porque tenía a Messi, el mejor mediocampo de Sudamérica Y una defensa sólida. Croacia tiene la defensa y media calidad. Le falta el detonador que convierta eso en algo irreversible.


El último baile merece un adiós con dignidad. Modric se retira del fútbol internacional en el escenario más grande del mundo. Croacia da pelea, gana un partido o dos en la fase de grupos, llega a octavos. Y ahí, contra una selección que llega fresca y hambrienta, el cuento termina.

No es una tragedia. Es la ley del fútbol: las generaciones doradas tienen una vida útil. La de Croacia fue brillante. Solo que ya terminó.

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Opinión provocadora. Los hechos son los hechos.